- LOS PRIMEROS PASOS DE LA CIENCIA (en construcción)
- HISTORIA DE LA FISICA CLÁSICA (en construcción)
- HISTORIA DE LA FÍSICA MODERNA
Progresos del pensamiento científico
El acontecimiento cultural más creativo del siglo xx
fue la aparición de una nueva perspectiva científica
y sus efectos en el pensamiento y la vida de la humanidad.
Con un comienzo que coincidió con el del siglo, los científicos
concibieron una nueva visión de la naturaleza y sus leyes
que supuso un rompimiento tan brusco con el pensamiento que la
precedió como el de las indagaciones científicas
de los siglos xvi y xvii con el pensamiento del Medioevo.
El nuevo pensamiento científico podría muy bien
ser calificado de segunda revolución en la ciencia. La
primera gran revolución científica había
creado el método científico de indagación.
Contemplado desde la perspectiva del siglo XX, el despliegue
del pensamiento científico entre 1500 y 1700 se manifiesta
decisivo en la creación de la civilización moderna.
Según un historiador contemporáneo, el profesor
Herbert Butterfield, «supera a cuanto ha ocurrido desde la aparición
del cristianismo y reduce el Renacimiento y la Reforma al rango
de meros episodios».
La primera revolución científica fue una revolución
intelectual; enseñó a los hombres a pensar de modo
diferente. Sólo más adelante fue aplicado este
pensamiento a una nueva especie de uso práctico, en los
progresos industriales que dieron a la civilización moderna
su carácter exterior. Al término del siglo xix,
el método científico no se había limitado
a provocar cambios profundos en la visión de las cosas;
la ciencia estaba rehaciendo al mundo, de arriba abajo.
También la segunda revolución científica
comenzó como una revolución intelectual. Hacia
el año 1900, la visión de la naturaleza que estableció la
primera revolución científica comenzó a
disminuir su éxito y a tropezar con los primeros fracasos.
Se advirtieron aquí y allí delicados fenómenos
nuevos que no podía descifrar la visión de la naturaleza
y sus leyes establecida anteriormente. Como consecuencia, los
hombres de ciencia, lentamente y con vacilaciones, comenzaron
a formar una nueva concepción de los procesos de la naturaleza
y un nuevo planteamiento de la misma actividad científica.
El desplazamiento en la teoría establecida fue sutil,
pero caló muy hondo.
Como su predecesora, la segunda revolución científica
se extendió lentamente desde las mentes de los especialistas
que la concibieron. En el curso de cincuenta años, sus
consecuencias prácticas tuvieron muy largo alcance; muchas
de las espectaculares aplicaciones de la ciencia en los años
que siguieron a la segunda guerra mundial surgieron de los nuevos
conceptos y del nuevo planteamiento. Con el tiempo, esta revolución
comenzó a transformar el punto de vista del lego del mismo
modo que el del científico y a entrar en las mentes y
afectar las vidas de la gente en el mundo entero.
La física, las matemáticas, la biología
hacia 1890
El carácter de la revolución en el pensamiento
científico sólo puede ser comprendido teniendo
presente, en segundo término, lo que se sabía
y se pensaba al término del siglo xix.
En la mayoría de los aspectos, las ciencias físicas
parecían haber llegado en la década de 1890 casi
a las fronteras del conocimiento. Existía una coherente
leona de la estructura de la materia que explicaba los fenómenos
conocidos. Según esta teoría, toda la materia
consiste en átomos, que forman una ordenación
regular cuando la materia se halla en estado sólido,
pero que se mantienen juntos de modo progresivamente más
inestable cuando la materia pasa al estado líquido y
luego al gaseoso. Eran ya conocidas unas ochenta clases de átomos
esencialmente diferentes. Se sabía que correspondían
químicamente a grupos cíclicos, con notables
similitudes de actividad física y química dentro
de cada grupo. Pero nada se sabía o conjeturaba como
explicación de las diferencias entre los átomos
de una clase y los de otra o de las similitudes entre las distintas
clases de átomos pertenecientes a un mismo grupo cíclico.
Como se imaginaba a los átomos, conforme al nombre
que les dieron los griegos, indivisibles, no había realmente
un sentido en el que sus diferencias o sus semejanzas pudieran
ser estudiadas. Porque para explicar una diferencia material
hay que señalar, según es de presumir, alguna
diferencia básica en la constitución o la ordenación.
No cabía suponer constitución u ordenación
en un átomo indivisible. Conforme a esta opinión,
cada átomo es un ente fundamental, completo y encerrado
en sí mismo; sus propiedades podían ser descritas,
pero no referidas a cualesquiera principios básicos
más profundos.
Se sabía que las diferentes clases de átomos
se combinaban en muchas estructuras químicas diferentes.
Se habían encontrado leyes descriptivas que mostraban
cómo los átomos se mantenían juntos en
esas estructuras. Se suponía que los átomos de
sodio y cloro, cuando se combinan químicamente para
constituir la sal de mesa, se mantenían mutuamente en
sus puestos ocupando los ángulos de un enrejado cúbico.
Se había deducido que, en algunos hidrocarburos, los átomos
de carbono forman largas cadenas abiertas y, en otros, están
enlazados, seis a la vez, en anillos cerrados.
Estas imágenes de estructuras químicas se habían
revelado como poderosas guías para el descubrimiento,
especialmente en el estudio de las sustancias con componente
de carbono que intervienen en todos los procesos de la vida.
Habían permitido ya sintetizar muchas nuevas sustancias.
Nada se sabía, sin embargo, de las fuerzas que presumiblemente
actúan cuando los átomos son mantenidos juntos
en tales estructuras estables.
Los científicos reconocían, desde luego, que
el mundo físico no consiste simplemente en materia,
sino también en fuerzas entre los trozos de materia
y en radiaciones que pasan de un trozo de materia a otro. De
las fuerzas conocidas, la más importante históricamente
seguía siendo la fuerza de gravitación, que Isaac
Newton (1642-1727) había concebido en primer lugar como
extendiéndose desde cualquier trozo de materia a través
del espacio. Newton había aportado así, de un
solo golpe, orden y comprensión en los movimientos de
todos los cuerpos celestes y su proeza parecía en 1890
tan sobresaliente como en el día en que los Principia habían
sido publicados, en 1687. En fecha anterior del siglo XIX cuando
el distante planeta Urano pareció poco puntual, los
astrónomos John Couch Adams (1819-1892), en Gran Bretaña,
y Urbain Jean Joseph Leverrier (1811-1877), en Francia, habían
calculado que un planeta menor debía estar perturbándolo.
Entregado cada cual a su tarea sin conocimiento del otro y
sin nada más que lápiz, papel y las leyes de
Newton, los dos calcularon dónde tenía que estar
aquel planeta. Y, desde luego, cuando el gran telescopio de
Berlín fue orientado hacia el lugar determinado por
Leverrier, allí se había manifestado Neptuno,
claro a la vista y espectacular en su vindicación de
las leyes newtonianas.
También se conocían las fuerzas de la electricidad
y el magnetismo y se estableció entonces que cada una
de ellas podía inducir a la otra. Además, James
Clerk Maxwell (1831-1879) había ofrecido en la década
de 1860 las razones teóricas para creer que una radiación
como la luz podía ser una perturbación electromagnética
propagada a través del espacio. Si esto era así,
las perturbaciones electromagnéticas podían muy
bien crear otras formas de radiación no descubiertas
hasta entonces y el joven Heinrich Rudolf Hertz (1857-1894)
acababa de producir nuevas radiaciones de esta clase; resultó más
adelante que eran las ondas de radio. También fueron
descubiertas en 1895 por Wilhelm Konrad von Rontgen (1845-1923)
nuevas radiaciones a las que se llamó rayos X. Se estaba
haciendo manifiesto que la luz visible no constituía
más que una fracción de las radiaciones electromagnéticas
en las que las longitudes de ondas iban desde el ultravioleta
hasta los rayos X y del infrarrojo a largas ondas radiofónicas.
Subsistía la cuestión de qué era lo que
llevaba a estas radiaciones electromagnéticas de un
punto a otro. Se sabía que el sonido era una perturbación
física del aire; se propaga en el aire y es el aire
lo que lleva sus ondas de un punto a otro y de hecho las forma.
Si se extrae el aire de un globo hueco de vidrio, ningún
sonido puede cruzarlo. Sin embargo, la luz lo cruza. ¿Qué es
lo que conduce las ondas luminosas? Y ¿qué es
lo que conduce las otras radiaciones electromagnéticas,
de las que la luz es únicamente una banda sensible para
el ojo humano?
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Heinrich Rudolf Hertz: Foto
Agencia AGE.
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Wilhelm Konrad von
Rontgen. Foto Agencia AGE
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Fotografía de un esqueleto humano visto por medio de
los rayos X (1896). Foto Agencia AGE. Las PERTURBACIONES electromagnéticas
podían muy bien crear otras formas de radiación
no descubiertas hasta entonces y Heinrich Rudolf Hetz: acababa
de producir nuevas radiaciones de esta clase; resultó más
adelante que eran las ondas de radio. También fueron
descubiertas más adelante (1895) por Wilhelm Konrad
von Rontgen nueva radiaciones a las que llamó rayos
X.
A esta pregunta el siglo xix contestó: el éter.
Tal era el medio universal que los científicos sostuvieron
que conducía las diferentes radiaciones a través
del espacio. Se suponía así que el éter
traía la luz de las estrellas hasta nosotros, del mismo
modo que el calor del sol del que nuestras vidas dependen.
Tenía de hecho que llevar de lugar a lugar toda esa
energía que no es directamente transmitida por el movimiento
de la materia. Para hacer esto, sin embargo, resultaba que
el éter como transmisor de energía debía
tener propiedades extraordinarias y en muchos aspectos contradictorias,
completamente distintas de las de cualquier material conocido.
Por esta razón, el éter era el principal enigma
para los científicos al término del siglo XIX.
Había habido notables ampliaciones en el campo de la
matemática, disciplina en la que siempre se apoyaron
fuertemente las ciencias físicas y a la que debían
buena parte de sus éxitos. Aunque en Gran Bretaña
los matemáticos se habían interesado especialmente
en problemas relacionados con la mecánica y la física,
en el continente de Europa la matemática pura había
alcanzado mayores niveles. Habían sido descubiertas
las geometrías no euclidianas. Se habían encontrado
rigurosos métodos para el estudio de cantidades infinitesimales
e infinitas. Se había demostrado que la distinción
que los griegos habían conocido, entre números
que pueden ser escritos como fracciones y los que no pueden
serlo, podía ser afinada más; es posible dar
definiciones precisas de números, por ejemplo, de la
razón de la circunferencia de un círculo a su
diámetro, que no pueden ser expresados por ninguna ecuación
algebraica. Quedó abierto todo un campo de trabajo en
el estudio de nuevas funciones y en la aplicación a
ellas de procesos matemáticos que hasta entonces habían
estado limitados a los espacios lineales. Se habían
hallado nuevos métodos para abordar algunos de los atractivos
problemas de la teoría de los números.
Leopold Kronecker. Fotografía de 1870. Tanto para el
matemático puno como para el aplicado, la matemática,
en la segunda mitad del siglo XIX. Continuó siendo en
el fondo un asunto de mediciones y. por consiguiente, de números.
La formación mental de estos científicos podía
ser resumida por una observación atribuida al matemático
alemán L. Kronecker: «Dios hizo los números enteros:
todo lo demás es obra del hombre.» Foto Agencia AGE.
Sin embargo, tanto para el matemático puro como para
el aplicado, la matemática en la segunda mitad del siglo
xix continuó siendo en el fondo un asunto de mediciones
y. por consiguiente, de números. La formación
mental de estos científicos podía ser resumida
por una observación atribuida al matemático alemán
L. Kronecker (1823-1891): «Dios hizo los números enteros;
todo lo demás es obra del hombre.» Los números
básicos, los números enteros, eran algo que debía
darse por supuesto; estaban, en un sentido, dados por Dios.
El desarrollo más espectacular del siglo XIX se había
producido en biología, como resultado de la publicación
en 1859 de El origen de las especies por Charles Darwin
(1809-1882). La proeza de Darwin fue doble, Reunió un
vasto conjunto de pruebas en apoyo de la teoría de que
la evolución se había producido y descubrió un
mecanismo científicamente aceptable para su explicación.
El argumento en favor de la evolución fue reforzado
por el descubrimiento, hacia la misma época, de la unidad
común a todas las formas vivas, la célula. Un
ser vivo difiere de otro en el número de células
que se asignan a diferentes usos y en la complejidad de la
organización que se les da. Pero, como Theodor Sehwann
(1810-1882) estableció en 1839, todos están formados
por células y, básicamente por tanto, todos pueden
ser descritos como diferentes reuniones de las mismas unidades.
La exposición por Darwin del principio de la selección
natural fue tan importante para la biología como los Principia de
Newton para la mecánica y la astronomía, aunque
de un modo distinto. Hizo científicamente comprensibles
la variedad y el desarrollo de la vida. Todos los organismos
son variables y algo de la variación es transmisible
por herencia. La selección artificial practicada por
el hombre puede acumular variaciones hereditarias deseables
para producir nuevas razas. En la naturaleza, hay una superproducción
de progenie y, por consiguiente, una lucha por la existencia
(véase la nota adicional 1 de final de capítulo).
Los individuos con variaciones hereditarias favorables tenderán
a sobrevivir en mayor número. Una especie puede, en
consecuencia, cambiar gradualmente en el curso de generaciones.
Darwin llamó selección natural a este principio
de la supervivencia diferencial y de la reproducción
de variaciones hereditarias favorables.
La debilidad de la teoría de la evolución de
Darwin estribaba en la ausencia de una ciencia de la genética:
el mecanismo mediante el cual surgen variaciones y se transmiten
características hereditarias, incluidas variaciones
nuevas.
El siglo xix había descubierto que toda la vida existente
surge de vida preexistente, o sea, que la vida es materia que
se reproduce a si misma; que la mayoría de las formas
conocidas de vida consisten en células que contienen
un núcleo organizado; que la mayor parte del crecimiento
entraña la división de células, incluida
la división exacta del sistema nuclear; que la reproducción
en organismos unicelulares es por división de células
y en organismos multicelulares por células únicas
o grupos de células que se desprenden.
En la reproducción sexual se unen los núcleos
de dos células únicas desprendidas. Pero todavía
estaba muy difundida la creencia de que esto suponía
alguna mezcla o fusión de cualquier cosa que se transmitiera.
Si esto fuera así, la progenie de un cruzamiento se
haría progresivamente menos diferenciada y las variaciones
hereditarias tenderían a desaparecer. Este dilema no
fue admitido como resuello hasta después de 1900. Entretanto,
sin embargo, aceptado el hecho indudable de que se producen
variaciones y de que algunas de ellas son hereditarias, la
selección natural seguía siendo un principio
válido. Buena parte de la biología de los últimos
tiempos del siglo XIX estuvo dedicada a una nueva interpretación
de los hechos biológicos a la luz de este principio.
La clasificación, la anatomía comparada, la embriología
y otras antiguas divisiones de la biología quedaron
transformadas por la hipótesis de la evolución.
Pero la repercusión de la obra de Darwin se extendió más
allá de los límites de la misma biología
antigua. Tal ve/ ningún descubrimiento desde Copérnico
repercutió con tanta fuerza como el de Darwin en todos
esos campos de la ciencia y la filosofía que se referían
a la posición del hombre en el universo. El reconocimiento
del hecho de que el hombre está sometido a las mismas
leyes biológicas de otros organismos y que ya no puede
considerarse biológicamente aparte de ellos llevó no
solamente al derrumbamiento de viejas creencias religiosas,
sino también al desarrollo de nuevas doctrinas filosóficas
y a muchas nuevas percepciones psicológicas.
Las ciencias sociales: Marx, Durkheim
Las ciencias sociales en su forma empírica apenas habían
nacido en la década de 1890. El filósofo francés
Auguste Comte (1798-1857) había insistido en que el método
positivo de pensar que caracterizaba a las ciencias naturales
era la más alta fase de la razón humana y debía
ser aplicado al comportamiento humano mediante el estudio científico
de la sociología. Pero aunque sus principios positivistas
conquistaron mucho favor, produjeron escasos intentos de determinar
el funcionamiento de la sociedad mediante el examen de los datos
sociales que comenzaban a ser acumulados. La cuidadosa reunión
y el objetivo escrutinio de pruebas en el campo social habían
sido especialmente practicados por la escuela de historiadores
científicos desarrollada en las Universidades alemanas
y se había extendido desde ellas por Europa y Estados
Unidos. Los antropólogos sólo habían comenzado
a analizar sistemáticamente las observaciones de las costumbres
de pueblos primitivos anotadas por viajeros, misioneros y administradores
coloniales y no habían creado sus propias técnicas
para observar estas formas sociales que desaparecían rápidamente.'
El primer intento de estudiar la vida social en una ciudad moderna, Life
and labour in London (La vida y el trabajo en Londres), de
Charles Booth, fue emprendido en 1890.
Se había formulado, sin embargo, un considerable conjunto
de teoría social en el esfuerzo por describir y predecir
los fenómenos sociales. Se había elaborado durante
el siglo xix una teoría económica con el propósito
de explicar el comportamiento económico en las condiciones
del capitalismo competidor, sobre los cimientos establecidos
por La riqueza de las naciones (1776), de Adam Smith,
y la presunción de que la motivación humana es
racional. Economistas del continente europeo y de Estados Unidos
ofrecieron el cuadro del funcionamiento de una economía
gobernada por la ley de la oferta y la demanda, donde la esencia
de las relaciones económicas es un cambio en el que cada
cual busca su máxima ventaja y su mínimo costo
y en el que la oferta y la demanda son igualadas por un precio
flexible; desarrollaron un sistema de ecuaciones matemáticas
con el que se pudiera expresar la totalidad de estas relaciones
económicas. En esta visión de la sociedad, que
proporcionó la base racional para una política
del laissez-faire por parte del gobierno, la busca del
propio interés por cada individuo suministraría
el poder motivador para la economía, traería un
continuo progreso económico y convertiría la ventaja
de cada cual en el bien de todos.
Una teoría alternativa, desarrollada por Karl Marx (1818-1883),
llegó a una apreciación diferente de los resultados
de la busca del propio interés en una economía
capitalista. Centrada su atención en el proceso de la
producción y en la relación entre el empleador
y el empleado en el sistema fabril, Marx vio al capitalismo llevando
no a un continuo progreso económico, sino a una progresiva
disparidad entre el explotador capitalista y el trabajador proletario
y a sucesivas graves crisis económicas. Siguiendo, por
un lado, al filósofo alemán Cicorg Wilhelm Friedrich
Hegel (1770-1831), quien veía el desarrollo histórico
como un proceso dialéctico de lucha de los contrarios
por el que el espíritu universal se revela a si mismo,
y adoptando, por otro, la tesis de que son los factores materiales,
no los espirituales, los dominantes en la motivación humana,
Marx formuló el materialismo dialéctico como un
concepto de desarrollo histórico y predijo que la lucha
de clases llevará a la revolución final y a la
creación última de una sociedad sin clases (véase
la nota adicional 2 de final de capítulo).
Otros teóricos sociales aplicaron la teoría de
la evolución al análisis de la sociedad. En las
manos de Herbert Spencer (1820-1903), el concepto de la supervivencia
del más apto reforzó las conclusiones de los economistas
del taisse-faire y justificó la posición
de los individuos y pueblos que se elevan a la riqueza y el poder
en la lucha competidora. Los antropólogos presumieron
que las sociedades habían pasado por fases de evolución
de estados inferiores a otros superiores y que las sociedades
primitivas eran supervivencias de estados por los que sociedades
más avanzadas habían ya pasado.
Las formulaciones alternativas de la naturaleza de la sociedad
tenían en común una presunción de progreso,
ya fuera por el proceso de la competencia, el del materialismo
dialéctico o el de la evolución de fases inferiores
de civilización a otras superiores.
Respecto a la psicología y el comportamiento de los individuos,
buena parte de las pruebas en que las teorías se basaban
se había tomado de la introspección de los filósofos.
El concepto del organismo humano como mecanismo que respondía
a estímulos, tomado de las nociones mecanicistas de las
ciencias físicas, llevó a Wilhelm Wundt 11832-1920)
en Leipzig y a sus discípulos en Europa y Estados Unidos
a emprender estudios psicológicos de estímulos
y reacciones en un planteamiento experimental para la comprensión
de la conducta humana. Basados en la presunción de que
las diferencias físicas estaban asociadas a cualidades
de carácter, inteligencia y superior o inferior desarrollo,
algunos sociólogos trataron de establecer la existencia
de tipos criminales y los antropólogos físicos
buscaron pruebas de características raciales. El sociólogo
francés Émile Durkhcim (1858-1917) inició en
la década de 1890 pasos hacia el estudio de la psicología
de grupo al examinar el proceso mediante el que la acción
recíproca de conciencias individuales produce síntesis
en forma de creencias religiosas o juicios de valor que tienen
autoridad a causa de su carácter colectivo.
Los fundamentos del pensamiento científico
antes de 1900
En la base del conocimiento y del pensamiento científico
en todas las zonas había varias fuertes presunciones comunes.
Casi todas las ideas se ajustaban a cuatro preconceptos básicos
o modos no expresados de contemplar la naturaleza que, a un mismo
tiempo, reflejaban y dirigían el pensamiento de la época.
En primer lugar estaba el principio de que la naturaleza procede
por una estricta cadena de sucesos de causa a efecto, con la
configuración de causas en cualquier instante dado que
determinan plenamente los sucesos del instante siguiente, y así por
siempre jamás.
Se presumía que la incertidumbre aparente
era el reflejo de la ignorancia; si el conocimiento fuera completo,
sería
siempre posible predecir el futuro con precisión. Esto
había sido dicho explícitamente por el matemático
francés Fierre Simón Laplace (1749-1827) en un
pasaje famoso. Si nos dieran, dijo Laplace, los paraderos y las
velocidades en este instante de cada átomo en el universo,
quedaríamos
en condiciones de predecir sus paraderos y velocidades en todos
los instantes posteriores. Podríamos, pues, predecir sin
la menor incertidumbre el destino de todo el universo, de sus
moléculas y sus hombres, de sus nebulosas y sus naciones,
desde ahora hasta la eternidad. En realidad, podríamos
hacer más que esto, porque podríamos, del mismo
modo que avanzar por el tiempo, remontarnos por él y reconstruir
así hasta la eternidad el pasado.
Wilhelm Wundt. Fotografía de 1900. El concepto del organismo
humano como mecanismo que respondía a estímulo
llevó a Wilhelm Wundt a emprender estudios psicológicos
de estímulos y reacciones en un planteamiento experimcnlal
para la comprensión de la conducta humana. Foto Agencia
AGE.
Retrato de John Rayleigh. Al principio del
deierminisrno se unía un segundo principio que expresaba el estricto espíritu
de la ciencia: el principio cuantitativo. Lord Rayleigh
lo expresó en otro famoso pasaje, al decir que nuestras
ideas se hacen claras únicamente cuando se hacen cuantitativas.
Foto agencia AGE.
Escena de tráfico urbano en un puente sobre el Támesis,
grabado del siglo XIX. El sociólogo francés Emile
Durkheim inició en la década de 1890 pasos hacia
el estudio de la psicología de grupo al examinar el proceso
mediante el que la acción recíproca de conciencias
individuales produce síntesis.
Al principio del determinismo se unía un segundo principio
que expresaba el estricto espíritu de la ciencia: el principio
cuantitativo. Según este principio, la ciencia consiste
en medir cosas y establecer relaciones precisas entre las mediciones.
Lord Rayleigh (1842-1919) lo expresó en otro famoso pasaje,
al decir que nuestras ideas se hacen claras únicamente cuando
se hacen cuantitativas, de modo que sólo lo que es mensurable
es susceptible de estudio científico y realmente exacto
y puede ser descrito como conocimiento con verdad. De acuerdo
con esta opinión, la naturaleza debe ser descrita finalmente
por números: coordenadas en el espacio, tiempos de sucesos
y coeficientes descriptivos de propiedades físicas; y
el conocimiento de la naturaleza progresa estableciendo las relaciones
entre estos números.
El tercer principio básico, referente a las transiciones
de la naturaleza de un estado a otro, era el principio de continuidad.
Expresaba la idea, muy arraigada en la perspectiva de la época,
de que los movimientos de la naturaleza son graduales. Pueden
parecer repentinos y sorprendentes: un rayo, una explosión,
la erupción de un volcán. Pero la brusquedad, decía
el pensamiento científico de la época, es sólo
aparente.
Para la mentalidad del siglo xix. los procesos de la naturaleza
se mueven imperceptiblemente de instante a instante. Entre dos
instantes cualesquiera hay otro instante más breve; entre
dos posiciones cualesquiera hay una posición intermedia.
Y la división podría continuar eternamente; los
procesos de la naturaleza son infinitamente tenues y continuos.
Con estos principios, el siglo XIX se imaginó que había
en la naturaleza y en la ciencia un cuarto principio: el de la
impersonalidad. El científico se consideraba a sí mismo
no una persona, sino un instrumento: desapasionado, carente de
prejuicios y en cierto modo más que humano. La naturaleza
se mostraba como una gran máquina impersonal que seguía
imperturbablemente su camino, que el observador humano sólo
podía atisbar.
El hombre de ciencia no inventaba: veía. No utilizaba
su imaginación, sino su observación. No creaba
el orden entre los fenómenos naturales: humildemente lo
encontraba. Inclusive considerándose un instrumento, no
reconocía ninguna acción recíproca entre
ese instrumento particular y los fenómenos bajo observación.
De este modo, el científico del siglo xix se excluyó a
sí mismo de las artes imaginativas y creadoras. El determinismo,
la medición, la continuidad y la impersonalidad eran partes
de una visión: la visión de la ciencia como extraña
a las incertidumbres y tensiones de la vida cotidiana.
Con el
paso de un siglo al otro los hechos del descubrimiento científico obligaron a los investigadores a abandonar
esta visión de la ciencia y la perspectiva de la naturaleza
que entrañaba. Se hicieron una serie de descubrimientos
y se confirmaron diversas irregularidades que ya no se ajustaban
a los principios en que se basaban las teorías científicas
aceptadas. Al verse ante las implicaciones de los nuevos descubrimientos,
los científicos desarrollaron una visión fundamentalmente
nueva de la naturaleza y de la actividad científica.
El descubrimiento del átomo y el de la relatividad
En las ciencias físicas, que habían parecido tan
próximas a su culminación, surgieron serie tras
serie nuevos hechos y conceptos más allá de lo
que había parecido sería su límite de ulterior
progreso. La visión de la naturaleza que los físicos
revelaron a partir
Ernest Rutherford en su laboratorio de Manchetier
con Johann Gieiger. Fotografía de 1907. Foto Agencia
AGE.
de 1900 era más rica y amplia que la soñada por
el siglo xix c hizo más que las especulaciones de los
filósofos para cambiar la perspectiva del siglo. Se descubrió que
la unidad fundamental de la materia, el supuestamente indivisible átomo,
tiene estructura y partes.
El descubrimiento procedió de la experimentación
del paso de la corriente eléctrica por gases a baja presión,
paso que da origen, en términos generales, al fenómeno
que se aprecia en la iluminación de neón. En este
fenómeno, la electricidad discurre, partiendodel cátodo,
a lo largo del tubo.
Otto Hahn en el Deutsches Museum, de Munich
repitiendo la experiencia con la que en 1938 logró la descomposición del átomo
de uranio. Foto Agencia AGE.
El problema no resuelto en aquel tiempo consistía en
saber si los rayos de electricidad que discurren por el tubo
son meras ondas eléctricas o son partículas. En
1897, Joseph John Thomson (1856-1940) probó de modo concluyeme
lo que otros habían ya casi probado: que los rayos catódicos
son partículas, y mostró que tenían que
ser mil veces más ligeras que el más leve de los átomos.
Mostró además que su comportamiento era el mismo
fueran cuales fuesen el gas que hubiera en el tubo y el metal
que se utilizara como cátodo.
Thomson había descubierto el electrón dentro del
supuestamente indivisible átomo. Más adelante,
los discípulos de Thomson, encabezados por Ernest Rutherford
(1871-1937), hallaron la relación estructural de las partes
entre sí. Probaron que los electrones giran en una nube
de órbitas alrededor del pesado interior o núcleo
del átomo. En especial, Niels Bohr (1885-1962) mostró que
el salto del electrón de una órbita a otra libera
siempre la misma cantidad de energía y, de este modo,
introdujo la nueva física del cuanto en la comprensión
de la estructura atómica.
El núcleo seguía pareciendo indivisible, pero
Henri Becquerel (1852-1908) había mostrado ya en 1896
que algunos átomos podían cambiar su naturaleza
química espontáneamente y sin causa conocida. Becquerel
y otros después de él, incluida madame Marie Curie
(1867-1934), descubrieron la radiactividad, esencialmente la
desintegración de un núcleo.
Físicos posteriores, que concentraron su atención
en el núcleo, establecieron finalmente la posibilidad
de la fisión en el átomo. Hasta 1932 se había
supuesto constantemente que, si el núcleo tenía
partes, las partes serían cargas eléctricas. En
aquel año, sin embargo. James Chadwick (nacido en 1891)
mostró que las pruebas indicaban de modo concluyeme la
existencia de alguna parte del núcleo que es eléctricamente
neutra; surgió así la moderna imagen del núcleo
como formado por dos clases de partículas fundamentales,
protones positivos y neutrones neutros, mantenidos juntos por
una no explicada energía unidora.
El descubrimiento del neutrón proporcionó una
partícula que podía bombardear el núcleo
sin ser rechazada por la repulsión eléctrica. Se
hizo de este modo concebible que cabía entrar en el núcleo,
hacerlo inestable y forzarlo así a liberar su enorme energía
unidora. Esta acción, si liberaba nuevos neutrones, podría
propagarse por sí misma. Y así resultó.
En 1938, los físicos alemanes Otto Hahn (nacido en 1879)
y Fritz Strassmann (nacido en 1902) probaron que tal fisión
puede ocurrir en variantes atómicas o isótopos
del uranio. La estructura del antes indivisible átomo
no solamente podía ser descrita: podía ser destruida.
Se descubrió que el tiempo y el espacio, que en el sistema
newtoniano habían sido considerados absolutos, eran relativos.
Este revolucionario descubrimiento fue hecho al intentar resolver
las discrepancias entre la observación y la teoría,
particularmente las cuestiones planteadas por las características
peculiares de la luz, que se hicieron manifiestas al tratar de
determinar el carácter del éter, y por observaciones
que mostraban una relación entre masa y energía.
La nueva serie de partículas unidas que entraron en la
física con el descubrimiento del electrón procuraron
fundamento a la idea de que toda materia podía ser una
configuración de cargas eléctricas. J. J. Thomson,
que había trabajado durante mucho tiempo en la matemática
de esta teoría, había ya mostrado en 1881 que una
carga eléctrica en movimiento se manifestaría como
teniendo masa. Luego se vio que los veloces electrones cambiaban
su masa con su velocidad y comenzó así a parecer
probable que entre masa y energía existiera una relación.
Pero la energía tenía que ser conducida a través
de algún medio. Subsistía el enigma, el de descubrir
este medio que penetraba en todo, el éter. Albert Abraham
Michelson (1853-1931) y Edward Williams Morley (1838-1923) heredaron
en 1887 un experimento que forzaría a revelar su presencia.
Michelson y Morley alegaban que, si el éter era un medio
que conducía las ondas de luz como el aire conduce el
sonido o el mar las ondulaciones del agua, tenía que ser
posible descubrir el paso de la Tierra por el éter y aclarar
de este modo la naturaleza del éter mismo. Por ejemplo,
si un barco se desplaza en un mar tranquilo, las ondas que provoca
parecen, desde el barco, viajar a lo largo de la línea
de movimiento de éste a diferente velocidad de la que
viajan en ángulos rectos respecto a la línea de
movimiento. Estas diferencias pueden ser utilizadas para calcular
la velocidad del barco por el mar; Michelson y Morley esperaban
calcular la velocidad de la Tierra a través del éter
mediante un perfeccionamiento de este método.
La luz, ay, insistió obstinadamente en viajar a la misma
velocidad, fuera cual fuese la dirección en que era enviada
al éter y con independencia del movimiento de la fuente
luminosa. Es decir, la luz cubría una distancia dada a
través de la superficie de la Tierra en el mismo tiempo,
con independencia de la velocidad o la dirección del objeto
terrestre en movimiento que emitía esa luz. Se vio que
la velocidad de la luz era absoluta; no se comportaba del mismo
modo que otras velocidades, como las del sonido o las ondas acuáticas,
que están afectadas por cómo la fuente emisora
se mueve por el medio aire o agua— que las conduce.
Este impresionante mal comportamiento fue un escándalo
para la ciencia clásica durante varios años. Físicos
eminentes, como George Fruncís Fitzgcrald (1851-1901),
y matemáticos eminentes, como Henri Poincaré (1854-1912),
propusieron diversas correcciones, incluidas algunas cuyo efecto
seria cancelar la velocidad de la Tierra a través del éter.
Pero aunque Poincaré avanzó mucho hacia una nueva
formulación, le correspondió a un joven de veintiséis
años, Albert Einstein (1879-1955), el publicar en 1905
un informe que puso la cuestión en su perspectiva natural.
Einstein no buscó errores infinitesimales de formulación
en las leyes de la física ni algún recurso ingenioso
para corregirlos. En lugar de esto, siguió un procedimiento
filosófico propuesto primeramente por el físico
austriaco Ernst Mach (1838-1916). Se puso a analizar las presunciones
no escritas sobre las que las mismas leyes habían sido
edificadas y se preguntó si no podía estar allí escondido
el fallo en la física del siglo xix. La presunción
no escrita que puso en tela de juicio fue la de que el tiempo
y el espacio se nos dan con un carácter absoluto. Que
esto no era más que una presunción fue evidente
para Isaac Newton cuando hizo sus grandes descubrimientos como
joven de veintitrés años, pero los científicos
menores que lo siguieron apenas habían dedicado al tema
un pensamiento. Aceptaron el espacio y el tiempo como cajas listas
para su uso proporcionadas por la naturaleza y dentro de las
cuales ocurren los sucesos que observamos.
Pero, se preguntó Einstein, ¿se nos dan listos
para el uso el espacio y el tiempo? ¿Cómo lleva
a cabo el observador físico el proceso de medirlos? Por
ejemplo, ¿cómo dos observadores separados por una
distancia comparan sus tiempos? Sólo pueden hacerlo, observó,
enviando una señal del uno al otro y la misma señal
necesita tiempo para viajar a través del espacio entre
ellos. La señal, de hecho, es un rayo de luz o una análoga
onda o perturbación electromagnética y no es posible
prescindir de su velocidad en la medición. Se deduce de
esto que no hay ningún modo abstracto o impersonal con
el que podamos definir el «ahora» para todos los observadores
de todas partes simultáneamente. Todo observador tiene únicamente
su propio «aquí y ahora». En nuestra experiencia del mundo
físico, el espacio y el tiempo no pueden ser totalmente
separados el uno de! otro; cada uno de ellos es parte de una
sola realidad. Y el paso de señales luminosas de un punto
del espacio a otro es el lazo esencial entre el tiempo en los
dos puntos.
Con este análisis, que constituye la teoría especial
de la relatividad, Einstein resolvió la paradoja del experimento
de Miehelson y Morley de una vez por todas." Su tesis se
mantuvo como fundamental para la física desde la fecha
de la publicación de su informe.
Además, una vez relacionados el tiempo y el espacio,
como Einstein los relacionaba, por señales luminosas,
la masa y la energía quedaban también relacionadas.
Einstein mostró en el mismo informe que su teoría
de la relatividad suponía una equivalencia fundamental
entre masa y energía. La relación entre ellas podía
ser expresada por una ecuación que incluye la velocidad
de la luz como una constante fundamental; cada partícula
de materia representa una energía que puede ser medida
por el producto de su masa por el cuadrado de la velocidad de
la luz, E = mc2. Masa y energía fueron
vistas así como dos modos diferentes de experimentar una
sola realidad.
La teoría de los «quanta». las investigaciones
matemáticas
Se descubrió que la energía, a la que el siglo
XIX había supuesto continua e infinitamente, divisible,
consistía en unidades separadas que no podían ser
subdivididas.
En el siglo XIX se había pensado que la materia consistía
en átomos separados, pero se había supuesto que
la energía pasaba de un trozo de materia a otro de un
modo continuo. Esto es. se presumía que podemos transferir
una cantidad de energía tan pequeña como queramos
de un trozo de materia a otro. Se suponía que, en contraste
con la materia, la energía podía ser dividida una
y otra vez, en cantidades siempre menores, sin límite,
indefinidamente.
Había, sin embargo, algunos fenómenos en la radiación
de energía de un cuerpo caliente que obstinadamente se
resistían a entrar en el esquema. Los matemáticos
estaban perplejos, pero a nadie se le ocurría rechazar
la presunción fundamental. Luego, en 1899. el físico
teórico Max Planck (1858-1947} lo hizo, recelosamente
pero con impresionantes consecuencias. Mostró que la distribución
de la energía incluida en las diferentes longitudes de
onda cuando un cuerpo caliente está irradiando podía
ser explicada, perfectamente explicada, pero basándose
en una presunción distinta.
Debemos presumir, dijo Planck, que la energía es emitida
a trozos, en destellos individuales, como si fuera unidad por
unidad; que no ondea desde un cuerpo radiante de un modo continuo,
sino que sale de él corno un raudal de halas. Las balas,
los
Max Planck. Fotografía de1943. En 1899, el físico
teórico Max Planck mostró que la distribución
de la energía incluida en las diferentes longitudes de
onda onda cuando un cuerpo caliente está irradiando podía
ser explicada. En una longitud de onda cualquiera, la energía
sólo puede ser transferida en unidades de una cantidad
fija. Planck llamó a esta cantidad mínima un quantum
(un cuanto). Foto Agencia AGE,
trozos, son realmente muy pequeños, pero esto es el quid
de la explicación— su tamaño para cualquier longitud
de onda es fijo; no puede ser subdividido más. En una
longitud de onda cualquiera, la energía sólo puede
ser transferida en unidades de una cantidad fija. Planck llamó a
esta cantidad mínima un quantum (un cuanto).
Planck sabía muy bien que su explicación se apartaba
radicalmente de la física clásica. Sin embargo,
se mantuvo poco dispuesto a avanzar hasta las últimas
consecuencias de lo que había propuesto. Esto lo dejó para
otros físicos más jóvenes, entre los que
uno de los más audaces fue de nuevo Albert Einstein. Estos
jóvenes no vacilaron en decir lo que el descubrimiento
de Planck significaba.
Significaba que la energía tiene una estructura, cierto
carácter granular o tosco, muy al modo de la materia.
Así como la materia puede ser desintegrada en sus partículas
fundamentales pero no más. la energía puede ser
rota en (¡nauta (en cuantos), pero no más.
Los cuantos representan en cierto modo el mismo papel en el movimiento
de la energía que las partículas fundamentales
protones, neutrones y electrones— representan en la ordenación
en la materia.
Si ello es así, razonó Einstein la radiación
de una determinada longitud de onda —por ejemplo, la luz amarilla
de sodio— debe estar formada por cuantos que son todos ellos
iguales. Cuando los átomos de sodio son calentados, estos
cuantos iguales salen disparados individualmente, como si fueran
en un sentido partículas de luz. Esta visión de
la luz como un chorro de partículas separadas o fotones
fue reconocida como una de las grandes contribuciones a la física
de Einstein cuando se le concedió el premio Nóbel
en 1921.
Los físicos Wilheltm Oseen, Nils Bahr, James Franck.
Osear Klein y Max Born en una reunión de científicos
en 1921. Foto Agencia AGE.
Pero subsistía aún el enigma básico; si
la luz puede ser descrita como formada por partículas
separadas, ¿por qué también se comporta
como si se moviera en una onda? Max Born (nacido en 1882) dio
la respuesta a esta pregunta en la década de 1920. Las
ondas de luz son ondas de probabilidad, ondas que describen únicamente
dónde tenemos más y dónde menos probabilidades
de encontrar un fotón individual en cualquier instante
dado. Y si fijamos nuestra atención en un fotón
individual, su posición en un instante cualquiera sólo
puede ser descrita como una probabilidad; no es una posición
determinada, sino probable (véase la nota adicional 3
de final de capítulo).
Estos cambios en la perspectiva de la física fueron a
la par con un nuevo interés por la matemática.
En cierto modo, la conexión era evidente: la nueva física
necesitaba nuevas clases de matemática. Pero en otro modo
la conexión era más sutil. Era como si matemáticos
y físicos, frecuentemente sin que los unos conocieran
las ideas de los otros, llegaran a interesarse al mismo tiempo
en temas como la discontinuidad y la probabilidad. Pareció frecuentemente
que los matemáticos puros, que estaban totalmente divorciados
de la física, habían elaborado una técnica
incluso antes de que los físicos la necesitaran. En contraste,
allí donde la matemática estaba estrechamente ligada
con la física, como en Gran Bretaña, los matemáticos
no desarrollaron muchas veces por adelantado las técnicas
necesarias para expresar las nuevas ideas revolucionarias de
los físicos.
Aunque el estudio de la probabilidad y de la estadística
matemática había comenzado en el Renacimiento,
cuando fueron planteados por primera vez problemas de seguridad
y juegos de azar, sólo hacia el 1900 comenzaron a manifestarse
los conceptos básicos y fundamentales del razonamiento
estadístico. Estos conceptos se apoyaban a la vez en la
matemática del raciocinio sobre probabilidades desarrollada
en el siglo xvii y en la teoría de distribución
de errores de observación elaborada por Cari Friedrich
Gauss (1777-1855) a comienzos del siglo XIX.
Profesor de la Universidad de Wisconsin
en plena demostración
de un problema de cálculo de probabilidades relacionado
con las técnicas estadísticas. Servicio Documental
Planeta.
La esencia del razonamiento estadístico, según
fue desarrollado por Andrei Andreevich Markov (1856-1922), A.
Liapunov (1857-1918) y otros en Rusia y por Karl Pearson (1857-1936)
y, más adelante, Ronald Aylmer Fisher (nacido en 1890)
en Gran Bretaña, era que no se refería a cuestiones
bien delimitadas y evidentes por sí mismas, blanco frente
a negro. Se refería a fenómenos que pueden ser
descritos y muchas veces explicados de diferentes modos y donde,
por consiguiente, hay que hacer un juicio y optar por la descripción
o la explicación que parezca ajustarse mejor a los hechos.
Lo que la estadística matemática podía hacer
no era ocupar el lugar de juicios tales, sino proporcionar instrumentos
que ayudaran a restringir el campo del juicio y a orientar los
juicios mediante el suministro de una base cuantitativa, sólida
en el paso de una ocasión a otra.
El razonamiento estadístico era innecesario para describir
y explicar fenómenos bien delimitados como la fuerza de
gravitación. Nt> hace falta un razonamiento estadístico
para demostrar que un trozo de materia caerá al suelo
si lo soltamos ni para establecer de un modo convincente que
la fuerza de gravitación que se postula para explicar
este efecto explicará también los movimientos de
la Luna y los planetas. Los fenómenos y las explicaciones
están bien delimitados, pueden ser formulados en ecuaciones
precisas y, tan pronto como Isaac Newton lo hizo, el acuerdo
entre la observación y la explicación se consideró evidente.
En una cuestión peor delimitada, como, por ejemplo, la
eficacia de un medicamento, la situación es muy distinta.
Todo experimento destinado a determinar la eficacia del medicamento
está oscurecido por inevitables e importantes variaciones:
los pacientes se hallan en muchas fases de la enfermedad; su
reacción está inevitablemente influida por muchos
factores en su salud general y su condición física.
Las técnicas estadísticas ofrecen un modo de obtener
resultados positivos en un campo variable como éste. En
esencia, preguntan con qué frecuencia el resultado al
que se ha llegado ha podido ser obtenido por mera casualidad.
Al hacer esto, posibilitan distinguir entre resultados observados
que pudieron producirse por casualidad y aquellos que muestran
un grado de consistencia que hace improbable que procedan del
azar y que pueden, por consiguiente, fundamentar la presunción
de que están relacionados con la influencia cuyo efecto
está siendo estudiado.
El planteamiento estadístico es esencialmente sencillo
en su concepción. En el fondo, divide los fenómenos
observados en dos partes, aquellos que son fortuitos, atribuibles
a la casualidad, y aquellos que son sistemáticos, representación
de un efecto. O sea, el planteamiento estadístico reconoce
que un efecto puede ser aislado únicamente hasta cierto
grado de exactitud y que, con el fin de determinar si un efecto
es real, es necesario comparar su zona de incertidumbre con la
exactitud con que puede ser medido. El efecto debe ser juzgado
en relación con el error al que el cálculo está expuesto.
Si el efecto se muestra francamente por encima del error, el
resultado puede ser considerado como significativo. Pero si el
efecto no se manifiesta considerable cuando es comparado con
los inherentes errores de medición, la significación
no queda establecida. El efecto puede de hecho existir, pero
la zona de incertidumbre es demasiado grande para que sea permisible
una conclusión así. La única esperanza estriba
entonces en reunir más observaciones hasta que reduzcan
la zona de incertidumbre hasta un punto en que la conclusión,
aunque no libre de incertidumbre todavía, resulte útil.
Hacia el 1900, los matemáticos llegaron a sentir un nuevo
interés por los problemas de relación y de estructura.
El planteamiento estadístico suponía un sentido
menos rígido y, en algunos aspectos, más sutil
y perfeccionado de la relación entre sucesos del que estaba
expresado en la convicción del siglo XIX de que todo podía
ser dicho por unos cuantos números precisos. Los matemáticos
mostraron un interés creciente en las conexiones lógicas
y las relaciones generales que podían ser descritas geométricamente.
En Italia fue creada una importante escuela de geometría
moderna, en gran parte por inspiración de Corrado Segre
(1863-1924). Partiendo de la desdeñada obra de precursores
alemanes como Hermann Grassmann (1809-1877), exploró las
propiedades de espacios no euclidianos y, más adelante,
las funciones algebraicas que pueden ser construidas en ellos.12
Otros geómetras llevaron todavía más lejos
la liberación frente a las restricciones del espacio euclidiano.
Encabezados por Henri Poincarc, entre otros, comenzaron a investigar
los movimientos más generales con los que una figura geométrica
puede ser deformada hasta adquirir la forma de otra, por los
que tal superficie cerrada de un cubo puede ser estirada hasta
que se adapte a la superficie de una esfera, pero no puede en
modo alguno ser estirada hasta que se ajuste a la superficie
de un anillo. Esto se convirtió subsiguientemente en el
tema de la topología y se reveló como uno de los
campos más fecundos de la matemática moderna.
Al mismo tiempo, fueron estudiadas las propiedades locales y
de escala menor de estructuras no euclidianas inspirándose
en la obra de George Friedrich Bernhard Riemann (1826-1866). A partir
de esta obra se desarrolló una forma más general
del cálculo diferencial, forma que más adelante
resultó esencial para la matemática de la relatividad.
En estas y otras ampliaciones de la matemática tradicional
se desarrolló un nuevo concepto básico: el concepto
de la operación. Hizo que la matemática fuera considerada
no como una serie de números unidos por ecuaciones, sino
como una serie de estructuras transformadas unas en otras por
operaciones. La atención se desplazó, por ejemplo,
del coeficiente diferencial como una medida a la operación
de diferenciación como un proceso. 1:1 matemático
llegó a verse como un agente activo, como un hombre que
efectúa operaciones nuevas.
La presunción básica de la matemática,
la de que los números enteros están dados por Dios
y son cosas en sí mismos, fue sometida al mismo escrutinio
que se impuso a la presunción del físico de que
el espacio y el tiempo son absolutos. Con el paso de un siglo
al otro, los matemáticos comenzaron a reconocer que los
números enteros describen relaciones entre cosas. Así como
el espacio y el tiempo describen relaciones físicas, los
números describen relaciones lógicas; el número
2, por ejemplo, describe alguna relación lógica
común a todos los pares de cosas que pueden ser imaginados.
Se vio que los números tenían que ser elaborados
y definidos, desde la misma base, como relaciones. Giuseppe Peano
(1858-1932) y otros se dedicaron hacia 1900 a formular tales
definiciones lógicas para los números y más
generalmente para las operaciones de la aritmética. Alfred
North Whitehead (1861-1947» y Bertrand Russell (1872-1971) fueron
más lejos y trataron desde estos comienzos de establecer
toda la matemática como una expresión formal de
relaciones lógicas.

Bertrand Russell
Durante este trabajo, Whitehead y Russell descubrieron algunas
inopinadas presunciones en los mismos cimientos de la matemática.
Al mismo tiempo, mostraron que la expresión simbólica
del pensamiento, sea en lenguaje o en otros símbolos,
reclama un análisis mucho más sutil del que había
sido objeto hasta entonces. Buena parte del análisis filosófico
del siglo XX y especialmente el movimiento filosófico
iniciado por Ludwig Wittgenstein (1889-1951), discípulo
de Russell, fueron puestos en acción por estos descubrimientos
en la semántica de todas las formas simbólicas
de expresión.
Entre las dificultades que Whitehead y Russell no resolvieron
estaba, sin embargo, la cuestión planteada por el matemático
David Hilbert (1862-1943): ¿es realmente evidente, es
tan siquiera cierto, que cuando se ha establecido un sistema
de axiomas como el de Euclides toda proposición verdadera
puede ser probada partiendo de estos axiomas, del mismo modo
que toda proposición falsa puede ser refutada? ¿No
es posible que haya proposiciones que no puedan ser ni probadas
ni refutadas en un número finito de pasos?
En 1931, Kurt Godel (nacido en 1906) mostró que es en
verdad posible. Cualquier conjunto lógico de ideas matemáticas
que tenga una base axiomática lo bastante rica, en un
sentido técnico, para permitir la formulación de
declaraciones y preguntas significativas, resulta también
lo bastante rico para que se puedan formular preguntas que no
tienen contestación dentro del sistema. No es que estas
preguntas no tengan contestación por la razón práctica
de que son demasiado difíciles: es que teóricamente
no tienen contestación.
David Hilbert. Entre las dificultades que
Whiifheud y Russell no resolvieron estaba, sin embargo, la
cuestión planteada
por el matemático David Hilbert: ¿no es posible
que haya proposiciones que no puedan ser ni probadas ni refutadas
en un número finito de planos? Foto Agencia AGE.
Este descubrimiento abrió un abismo en los mismos cimientos
de la matemática: la presunción de que, en un sistema
de matemática, todas las proposiciones se ajustan a sus
axiomas o los contradicen. Asestó un duro golpe a la noción
de verdad y falsedad, pues la verdad ya no puede basarse en una
mera consistencia formal si hay proposiciones que, dentro de
un sistema dado, no son ni verdaderas ni falsas en ningún
sentido electivo. Socavó el método de desarrollar
la ciencia desde una serie de axiomas, pero no ofreció un
método alternativo. Los plenos efectos de este descubrimiento
sólo se manifestarían al extrapolarse de la aritmética
y la matemática a las ciencias empíricas.
Fuente: Historia de la Humanidad,
Unesco, Vol Siglo XX
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