Las nuevas bases del progreso científico
Más profundo aún que el conjunto de nuevos hechos
revelados por las ciencias desde el comienzo del siglo XX fue
el movimiento en las presunciones básicas de la ciencia.
Este movimiento subterráneo en la perspectiva —en el
modo como los científicos pensaban y los legos llegaban
con el tiempo a pensar acerca de la naturaleza— fue la verdadera
revolución científica del siglo XX. Surgió del
proceso de ajustarse a los nuevos hechos y proporcionó los
planteamientos que dieron al progreso científico un
ritmo acelerado (véase la nota adicional 7 de final
de capítulo).
Un rasgo notable de la ciencia del siglo XX fue que buena
parte de ella careció del rígido carácter
numérico que se consideró esencial para la ciencia
en el siglo XIX. La preocupación por el número
y la medición fue eclipsada por un creciente interés
por la estructura.
En las ciencias sociales, conceptos que ofrecían poderosos
medios de organizar el conocimiento, para hacerlo más
ordenado y penetrante, como los creados por Frcud y Pavlov,
llegaron a ser reconocidos como científicos en todos
los sentidos, aunque rara vez se prestaban a la medición
o siquiera la comparación. En las ciencias biológicas
y físicas, también la ciencia fue vista cada
vez menos como acumulación de mediciones numéricas
y cada vez más como conjunto de relaciones lógicas
y empíricas. Lo que interesaba al científico
eran las relaciones, las conexiones entre fenómenos,
la estructura de la red de conexiones.
El bacteriólogo no daría una respuesta numérica
a la pregunta de cómo la sulfamid1 impide la multiplicación
de las bacterias. Su explicación sería en función
de la estructura geométrica del medicamento: los átomos
en éste se hallan ordenados del mismo modo en que lo
están los átomos en uno de los alimentos que
las bacterias necesitan; esto hace que las bacterias acepten
el medicamento, como si fuera por error, engañadas por
la forma en que los átomos están ordenados.
Análogamente, el cosmólogo se interesó menos
en la edad del universo que en la lógica mediante la
cual cabía atribuirle una edad; y mostró menos
interés en el tamaño del universo que en si su
tamaño supone que es abierto o cerrado. El físico
nuclear se sintió fascinado por las extrañas
relaciones entre los números de diferentes partículas
en un núcleo estable no porque los números fueran
interesantes en sí mismos, sino porque podían
proporcionar una clave para los ordenamientos estructurales
que daban estabilidad al núcleo.
El principio cuantitativo no fue arrojado por la borda, porque
la ciencia no puede existir sin datos precisos. Pero dejó de
dominar las mentes de los científicos como lo había
hecho en el siglo XIX. El científico del siglo XX ya
no vio la acumulación de mediciones como un fin, sino
como un medio. Necesitaba números exactos no por ellos
mismos, sino como un paso hacia la formulación de lo
que estaba buscando: las leyes que expresan las relaciones
estructurales en la naturaleza. El principio cuantitativo quedó subordinado
a algo más profundo: el concepto de la estructura.
El siglo xix supuso continuidad en la naturaleza; sin embargo,
ya había quedado establecida la discontinuidad en la
división atómica de la materia. Pero los físicos
no apreciaron entonces su significación.
Experimento de sir Ernest Rutherford realizado
en 1936 para investigar la estructura del átomo.
La discontinuidad como principio fue sacada a la superficie
cuando se reveló que la energía también
tenía una estructura parecida a la atómica y
viajaba en una longitud de onda cualquiera en cuantos de tamaño
definido. Una vez demostrado que la energía no puede
ser dividida indefinidamente ni ser transferida de un modo
continuo, el principio de continuidad del siglo XIX desapareció de
la física. La estructura básica del mundo fue
aceptada como discontinua. Y con el reconocimiento de que tanto
la materia como la energía existen y actúan únicamente
en unidades discontinuas de tamaños definidos, la posibilidad
de una descripción exacta del universo fue considerada
una ilusión.
La necesidad de recurrir a métodos estadísticos
había sido aceptada hacía tiempo en campos como
la biología, donde el ambiente en que el experimento
se lleva a cabo aporta un fondo de variaciones inevitables:
diferencias entre un animal experimental y otro, o en temperatura
y otras condiciones de un día al siguiente. De experimentos
asi deben extraerse conclusiones que representan no una finalidad,
sino el peso preponderante de las pruebas. Siempre subsiste
una posibilidad de que las conclusiones sean modificadas, y
cualesquiera resultados numéricos en ellas están
necesariamente rodeados de cicr la zona de incertidumbre.
Según el juicio tradicional, la razón de apelar
a las probabilidades en estas zonas era únicamente la
falta de un conocimiento completo; si cupiera obtener un conocimiento
perfecto de las pequeñas fluctuaciones del fondo, hasta
un experimento biológico podría ser en teoría
perfectamente preciso y concluyente.
Pero los nuevos descubrimientos en física hicieron
patente que carecía realmente de sentido hablar, incluso
en principio, de que se llegara a poseer un conocimiento completo
y exacto. Porque el conocimiento está limitado por la
medida en que cabe suponer que las cosas permanecen fijas,
aun en principio. Y cuando, por ejemplo, los científicos
intentaron fijar con precisión la cantidad de luz reflejada
por, supongamos, la página de un libro, vieron que la
aguja del fotómetro temblaba; la cantidad de luz no
podía ser mantenida estable en mayor medida que pueden
serlo los átomos que forman el indicador.
Emil von Behring en su laboratorio en 1891.
El hecho de que la aguja temblara era ya conocido en el siglo
XIX. Había sido descubierto por el botánico Robert
Brown (1775-1858), cuando observó bajo el microscopio
el temblor de esporas vegetales en la superficie de un líquido.
Pero la plena significación del movimiento browniano
no fue advertida hasta el siglo XX.
Primer tubo electrónico construido en un laboratorio.
El principio de la incertidumbre, de la indeterminación,
que el científico del siglo XX llegó a aceptar ¡legaba
hasta la naturaleza de la materia y la energía une éste
trataba de observar. La incertidumbre en la descripción
del curso de un electrón vitaba presupuesta en el carácter
mismo del propio electrón. Foto Archivo Goyenechea.
Se llegó a reconocer que en un universo en el que la
materia y la energía son atómicas hay un límite
para la exactitud de cualquier descripción. Cualquier
descripción, por breve que sea el tiempo que abarque,
es un promedio tomado sobre ese tiempo; como la materia y la
energía dan saltos discontinuos, no podemos, ni siquiera
en principio, reducir a nada el intervalo de tiempo de cualquier
descripción que hagamos de ellas. La aguja temblará en
cualquier instrumento que se pueda idear, por delicado que
sea, por cuidadosamente regulado que esté, por mucho
que lo protejamos de todas las fluctuaciones exteriores. Porque,
en un universo en el que la materia y la energía son
atómicas, ellas mismas proporcionan un fondo de bruscas
y discontinuas fluctuaciones que no pueden ser excluidas.
En un universo continuo, cabría considerar la variabilidad
estadística de resultados simplemente como errores de
medición que desaparecerían si se hicieran lecturas
cada vez más exactas a intervalos de tiempo cada vez
más breves. Pero en un universo en el que materia y
energía son discontinuas, la diferencia entre una medición
y otra no es ya únicamente un error del observador.
La misma naturaleza está suministrando una distribución
estadística de sucesos de un momento al siguiente, en
saltos discontinuos.
El
papel de la incertidumbre y del azar en la naturaleza
El principio de la incertidumbre, de la indeterminación,
que el científico del siglo XX llegó a aceptar
iba, sin embargo, mucho más allá de la imposibilidad
de hacer preciso el instrumento de medición. Llegaba
hasta la naturaleza de la materia y la energía que el
científico trataba de observar. La incertidumbre en
la descripción del curso de un electrón estaba
presupuesta en el carácter mismo del propio electrón.
Desde 1900 no hubo manera de conseguir que las ideas de la
física cuántica se ajustaran a la mecánica
clásica de las partículas. Había que atribuir
propiedades fantásticas a un electrón cuando
emitía o absorbía un cuanto de energía.
Las dificultades fueron en aumento hasta que, en la década
de 1920, comenzó a advertirse que era sencillamente
imposible elaborar una teoría que describiera estos
diminutos acontecimientos y, al mismo tiempo, permitiera esperar
que se mantuviera rígidamente ajustada al patrón
clásico de causas y efectos.
La dificultad era manifiesta, por ejemplo, en el comportamiento
de los electrones cuando un átomo irradia uno de sus
colores característicos, como una línea amarilla
de sodio. Obtiene la energía para ello cuando uno de
sus electrones da el salto de una de sus órbitas características
a otra. Este salto no toma tiempo ni pasa por el espacio intermedio;
el electrón desaparece de una órbita e instantáneamente
aparece en otra. No había mucho sentido en llamar a
algo que tuviera este comportamiento partícula o siquiera
en preguntarse si lo que aparece en las dos órbitas
es el mismo electrón.
Fotografía de un átomo de uranio. Cuando un
atonto irradia uno de sus valores ccaracterísticos,
como una línea amarilla de sodio, obtiene su energía
para ello cuando uno de sus electrones da el salto de una de
sus órbitas características a otra. Este salto
no toma tiempo ni pasa por el espacio intermedio, el electrón
desaparece de una órbita e instantáneamente aparece
en otra. Foto Agencia Magnum.
Tampoco tenía sentido dar al electrón un lugar
en un momento dado en su órbita; sus posiciones posibles
se extienden alrededor de la órbita como una onda. En
pocas palabras, se vio que el electrón se comporta como
un electrón y nada más. con sus propias leyes,
desusadas pero definidas, y que palabras como partícula
y onda eran meras metáforas, cada una de las cuales
describe un aspecto y nada más de toda el álgebra
de su comportamiento.
Cuando, por ejemplo, la luz de una lámpara de sodio
fue enviada a través de dos agujeros en una pantalla,
se vio que la luz ondulaba desde los dos agujeros, en ondas
que se solapaban para formar un diseño de bandas oscuras
y brillantes. Estas ondas estaban formadas por individuales
fotones de luz emitidos por saltos de electrones individuales.
Pero nadie puede decir por qué agujero va un fotón
cualquiera para ocupar su lugar en el diseño de sombras
y luces. El fotón individual, el cuanto de energía,
es lanzado a su viaje y aparece al fin en uno de los varios
posibles lugares. Esto es todo lo que puede decirse de él;
es inútil preguntar más.
Inútil, es decir, mientras se insista en seguir a los
fotones individuales uno por uno. Porque se advierte que las
unidades de la energía, como las de la materia, contradicen
tercamente el dogma de la mecánica clásica que
declara infinitamente previsibles los procesos de la naturaleza.
Lo que se advierte como previsible es la estadística
de la colección: que una mitad de la luz pasa por cada
agujero y se forma así el diseño de bandas oscuras
y brillantes.

Aparato electrónico utilizado por los Investigadores
Soviéticos para estudiar los positrones y los mesones.
Las unidades de la energía, como las de la materia,
contradicen tercamente el dominio de la mecánica clásica
que declara infinitamente previsibles los procesos de la naturaleza.
Servicio Documental Planeta.
La convicción de que no hay modo de describir el presente
y el futuro de tales partículas y sucesos diminutos,
en forma que se muestren como completamente determinados, fue
expresada como un principio formal en 1927 y por Werner Heisenberg
(nacido en 1901) y recibió el nombre de «principio de
la incertidumbre», de la indeterminación.
Heisenberg demostró que toda descripción de
la naturaleza contiene alguna incertidumbre esencial e inamovible.
Por ejemplo, vio que, cuanto más exactamente trataba
de medir la posición de un electrón, menos seguro
podía estar de su velocidad. Cuanto más exactamente
trataba de calcular su velocidad, más inseguro estaba
de su posición precisa. El futuro de la partícula
nunca puede ser predicho con completa certidumbre, porque es
imposible estar completamente seguro de su presente. El futuro
de estos acontecimientos en pequeña escala sólo
puede ser predicho con algún margen de alternativas,
con algo de incertidumbre. Y, una vez que se reconoce cualquier
incertidumbre en la predicción, por muy pequeño
que sea y distante que este el rincón del mundo en que
ello ocurra, el futuro se hace esencialmente incierto, aunque
pueda seguir siendo abrumadoramente probable.
El principio de la incertidumbre se refiere u partículas
y sucesos pequeñísimos. Pero estos sucesos pequeñísimos
no carecen en modo alguno de importancia. Son precisamente
las clases de sucesos que se producen en los nervios y el cerebro,
en los gigantescos ordenamientos de átomos en los cromosomas
o en el comportamiento de la materia en extremos de calor o
frío.
Estructura molecular del ácido desoxirribonucleico.
Muchos químico opinaron que la forma del ADN está adaptada
especialmente para poderse reproducir. Se reconoció que
esta estructura química contenía una posible
clave del problema de la vida e inspiró un interés
especial porque a su vez representaba un papel en la herencia
de organismos muy diversos. Foto Agencia AGE.
El descubrimiento del principio de la incertidumbre tuvo un
profundo efecto. En un principio, causó una evidente
desazón a científicos habituados a pensar, en
términos del siglo XIX, que una ley de la naturaleza
es una conjunción rígida en la que se describe
una causa conocida y se predice con base en ella un efecto
definido. Porque el principio significaba que la naturaleza
no podía ser descrita como un rígido mecanismo
de causas y efectos. Lo que parecía ser una clara relación
de causa y efecto era únicamente una acumulación
estadística en la que las incertidumbres de diminuto;» sucesos
individuales se promediaban. Sin embargo, los éxitos
de la ciencia en el siglo XIX habían sido obtenidos
ajustando la naturaleza a un mecanismo causal.
Los científicos se habían acostumbrado a pensar
que, si una ley de la naturaleza ha sido rígidamente
determinada, un procedimiento dado siempre será seguido
por el mismo resultado. No estaban acostumbrados a la idea
de que será seguido a veces por un resultado y a veces
por otro o de que un resultado es más probable que otro.
No esperaban hallar la palabra «probable» en una ley de la
naturaleza. Para el siglo XIX, la palabra «probable» era una
confesión de ignorancia, de una ignorancia que podía,
en principio, ser eliminada. Pero los científicos del
siglo XX no podían esperar la eliminación de
la palabra «probable» de las leyes que gobiernan los acontecimientos
muy pequeños. Sabían que los diminutos sucesos
que se producen dentro de los átomos no pueden ser descritos
por leyes que contengan un término cualquiera más
tuerte que «probable»; sabían que, en este sentido,
el azar es inherente a la naturaleza.
En el segundo cuarto del siglo xx, el principio de la incertidumbre
dejó de ser Lina idea extraña o perturbadora.
A la generación posterior de físicos les pareció totalmente
natural y razonable. Entendieron que no privaba de orden a
la ciencia. Antes bien, tenía el efecto de excluir la
metafísica y de concentrar en el propósito de
la ciencia: describir el mundo en un esquema o lenguaje ordenado
que posibilite mirar hacia delante. No dejaba lugar a creencias
generales como el aserto de Laplace de que, si conociéramos
completamente el presente, podríamos determinar completamente
el futuro. Según el principio de la incertidumbre no
tiene sencillamente sentido afirmar lo que ocurriría
si conociéramos de un modo completo el presente; no
podemos hacerlo y francamente nunca podremos. Fl principio
no permite en absoluto afirmaciones sobre si podríamos
o no podríamos predecir el futuro de un electrón,
en el supuesto de que conociéramos esto o aquello acerca
de su presente. Señala meramente que no podemos conocer
su presente de un modo completo.
Para los científicos que se formaron en el siglo XX,
el principio de la incertidumbre expresó en términos
especiales su visión fundamental de la ciencia: la de
que la ciencia es un modo de describir la realidad; está,
por consiguiente, restringida por los limites de la observación
y no afirma nada que no pueda en principio ser probado por
la observación; todo lo demás es escolástica,
no ciencia. El siglo XIX estuvo dominado por la creencia de
Laplace de que todo podía ser descrito por sus causas.
Para el hombre de ciencia del siglo XX, esto no era menos escolástico
que la creencia medieval de que todo está contenido
en la Causa Primera.
La
influencia de la relatividad en el pensamiento científico
El siglo XX también desarrolló una noción
radicalmente nueva de la relación entre el científico
y lo que observa. El hombre llegó a ser visto no como
un observador separado, sino como una parte inamovible de sus
observaciones.
El siglo XIX se inspiró en la creencia en la impersonalidad
de la ciencia y de todo conocimiento. Supuso que todos sus
conceptos, como espacio y tiempo, existen de un modo absoluto
y fuera del observador. Supuso una división tajante
entre el observador y el mundo natural que observa. La naturaleza
fue considerada como una cadena o red de acontecimientos que
se desarrollan en sucesión imperturbable y de los que
el observador es testigo, pero no eslabón.
Cuando Albert Einstein examinó las suposiciones ocultas
en la física de su adolescencia, vio que esta opinión
de la relación entre la naturaleza y quienes la observan
carecía de realismo. No se preguntó si esta opinión
era defendible en algún sentido abstracto, sino si era
práctica, ¿Registra de hecho la ciencia acontecimientos
impersonales?, ¿Puede separar el hecho de la investigación
y destilar el acontecimiento de la observación que de él
se hace?
Una vez que Einstein se formuló estas preguntas, la
respuesta era clara; y la respuesta era «no». Vio que la física,
según el científico de hecho la practica, no
consiste en sucesos; consiste en observaciones. Y entre el
suceso y quienes lo observan tiene que pasar una señal,
un rayo de luz tal vez, una onda o un impulso, que simplemente
no puede ser excluida de la observación. Suceso, señal
y observación: tal es la relación que Einstein
reconoció como unidad fundamental en la física.
La relatividad es la comprensión del mundo no como sucesos,
sino como relaciones.

Albert Einstein en 1921. Suceso, señal y observación:
tal es la relación que Einstein reconoció como
unidad fundamental en la física. La relatividad es la
comprensión del mundo no como sucesos sino como relaciones.
Foto Agencia AGE.
Éste es el cambio esencial que la relatividad produjo
en todo el pensamiento científico. Introdujo al observador
en la observación y, por vía de ella, en la formulación
de la ley. Esto, desde luego, no significaba que la ley de
la naturaleza estuviera a merced del observador individual.
Al contrario, la relatividad y sus ampliaciones usualmente
estipulan que una determinada ley de la naturaleza debe ser
expresada en forma de que sea igualmente aplicable a todos
los observadores.
Así es como la ciencia en el siglo XX dejó de
ser un gran amontonamiento de hechos, cada uno de ellos completo,
suficiente en sí mismo e impersonal. Fue un modo de
ordenar que incluyera el proceso por el que los hechos eran
obtenidos. Los hechos no eran dados al científico por
la naturaleza; tenía que obtenerlos él mismo.
La ciencia se convirtió así en una actividad,
en una sucesión de operaciones que tenían que
ser efectuadas por personas.
Lo que el científico hallaba no podía ser separado
de sus operaciones. El largo de una vara no podía ser
separado de la operación de medirla ni la hora en dos
relojes de la operación de compararlos.
De la misma manera, es posible considerar el principio de
la incertidumbre como expresión de una limitación
impuesta por la presencia de un observador. Esto es, se puede
considerar que el comportamiento de un electrón está perturbado
por el acto de observarlo y que tal es la razón de que
no pueda ser descrito con precisión. Si, por ejemplo,
un observador quisiera ver un electrón, tendría
que hacer brillar en él una luz y esta luz daría
algo de su energía al electrón y de este modo
alteraría su curso. Así pues, el acto de observación
cambiaría por sí mismo las condiciones que el
observador estuviera tratando de describir y, en una unidad
tan pequeña como un electrón, el cambio sería
importante.
Oficina de patentes Berna, donde Einstein
preparó la
teoría de la relatividad. Foto Agencia Magnum
La ciencia del siglo XX pudo obtener nuevas percepciones de
la realidad únicamente porque reconoció la condición
del observador, del científico en su tarea. Aprendió a
comprender más profundamente la estructura del mundo
porque el científico ya no intentó aislar los
hechos de la naturaleza de las operaciones con las que trataba
de averiguarlos.
Fueron reemplazadas, pues, las suposiciones básicas
sobre las que el siglo xix había formado su planteamiento.
En lugar del principio cuantitativo, el científico del
siglo xx se vio a si mismo buscando un concepto de estructura.
En lugar del principio de la continuidad, el científico
reconoció que la estructura básica del mundo
en pequeña escala es discontinua. En lugar del principio
del determinismo o de causa y efecto, reconoció que
las más pequeñas unidades de materia y energía
siguen leyes que sólo pueden ser descritas por probabilidades
y cuyas predicciones siempre están, por consiguiente,
rodeadas de una zona de incertidumbre. En lugar de la impersonalidad
de la ciencia, se llegó a la comprensión de que
las operaciones del científico entran de modo inextricable
en sus hallazgos. Fueron cambios revolucionarios en la perspectiva
de la ciencia e hicieron que se pudiera hablar con propiedad
de una segunda revolución científica.
El efecto total de la nueva visión fue el derrocamiento
de la dura y mecánica imagen del científico al
servicio de una verdad inhumana, alejado del mundo cotidiano,
de la imagen creada por el siglo xix. Su lugar fue ocupado
por una imagen más rica en la que el científico
se vio llevando a cabo una actividad esencialmente humana y
personal, con la que debe crear un orden, una comprensión
del mundo mediante la proyección de su propia mente.
Fue éste el cambio más sutil que se produjo
en la perspectiva de la ciencia y de todo conocimiento. El
siglo XX se apartó de la tesis de que el conocimiento
es pasivo, de que acumula los hechos que la naturaleza proporciona
como en un fichero y de que el científico sólo
necesita mantener el fichero ordenado y pulcro. En lugar de
esto, vio el conocimiento como una actividad constante.
Representación, de la relación espacio-tiempo
según la teoría de Einstein. Foto Magnum.
Cesó de pedir que una ley de la naturaleza fuera formulada
como si no hubiera observadores; pidió únicamente
que fuera formulada de tal modo que pareciera la misma a todos
los observadores análogamente situados. Cuando pedía
que una ley fuera universal, no pedía una ley que se
mantuviera en pie en ausencia de observadores humanos. Pedía,
antes bien, una ley que fuera válida para todos ellos,
por diferentes que fueran sus circunstancias. Éste fue
el nuevo significado de universalidad.
Al mismo tiempo, atribuyó al que buscaba el conocimiento
una función creadora que la ciencia en el pasado le
había negado. Un universo totalmente determinista, como
el descrito por Laplace, incluía el supuesto de que
cuanto los hombres hacen está ya determinado. Según
esta tesis del siglo XIX, el hombre no inventa nada ni añade
nada al mundo. Todo está totalmente condicionado por
los acontecimientos pasados.
Esta interpretación de la naturaleza como una máquina,
con inexorable tictac, que sigue un curso totalmente determinado
ya no estaba sobreentendida en los hechos de la física
del siglo xx. Porque los hechos de la física no dejaban
lugar a ninguna teoría que no incluyera un imprevisible
elemento de azar en cualquier predicción. Los hechos
de la física moderna dicen, por ejemplo, que la mitad
de los átomos de un trozo de plutonio experimentarán
una desintegración radiactiva en 25 000 años,
pero no dicen qué mitad. Tampoco dicen si cualquier átomo
determinado en un trozo de plutonio se desintegrará o
no en los próximos 25 000 años o en cualquier
otro período de tiempo.
Para los científicos de mediados del siglo XX no existía
la posibilidad de que estuviera oculta en alguna parte una
teoría que les permitiera hacer predicciones exactas
de esta clase acerca de los acontecimientos en pequeña
escala que ocurran en el átomo. De hecho, el matemático
John von Neumann (1903-1957) demostró que cualquier
ley determinista que predijera exactamente la ocurrencia de
tales fenómenos contradice algunos de los hechos de
la física conocidos y establecidos (véase la
nota adicional 8 de final de capítulo).
El concepto del azar, al entrar en la física moderna,
no señaló ningún relajamiento del rigor
científico. Estaba tan claro y bien definido como lo
estuvo en el pasado el principio de estrictos causa y efecto.
La zona de indeterminación con la que era necesario
rodear las predicciones estaba tan bien formulada y era intelectualmente
tan lúcida como antaño la cuestión de
la certidumbre. Tales eran los útiles de la nueva ciencia,
más flexibles y menos habituales que los del pasado
y en extremo prácticos, pero no por ello menos científicos.
Al ser considerados la ciencia y todo conocimiento como actividades
personales, el científico fue situado en una nueva relación
con sus teorías. Isaac Newton no se creyó el
inventor de la ley de la gravitación y Charles Darwin
no pensó que estaba creando la teoría de la evolución,
Se consideraron como descubridores de lo que siempre había
estado allí. Cada uno de ellos se imaginó la
ley que había descubierto como totalmente objetiva,
como algo que existía por sí mismo, tan positivamente
como una piedra o una máquina de reloj.
El científico moderno vio esto como una opinión
demasiado simple e impersonal del conocimiento. Supuso que
las leyes de la naturaleza tienen realmente una existencia
por sí mismas, pero que su carácter era más
delicado, más detallado e inmensamente más variado
que cualquier cosa que los hombres pudieran descubrir. Por
consiguiente, el orden que el hombre de ciencia pudiera hallar
en la naturaleza era seguramente sólo uno de los muchos órdenes
que podrían ser encontrados. Y el orden particular hallado
por el hombre de ciencia estaba así en parte creado
e impuesto por su propia imaginación.
Consideremos un caso concreto. Isaac Newton pensó que
cada trozo de materia era atraído hacia otro trozo cualquiera
por una fuerza de gravitación. Las predicciones que
basó en esta ley fueron casi totalmente acertadas hasta
el término del siglo XIX. Pero no fueron totalmente
acertadas. Fracasaron, por ejemplo, al predecir una pequeña
pero obstinada discrepancia en la órbita del planeta
Mercurio.
En 1916, Albert Einstein publicó la teoría de
la relatividad general. Incluía todas las predicciones
que Newton había hecho y además explicaba correctamente
las irregularidades en la órbita de Mercurio. También
predecía un notable fenómeno, la desviación
del curso de la luz hacia objetos con mucha masa. Esto fue
confirmado por observaciones del eclipse total de sol en 1919.
La teoría de la relatividad general planteó a
su vez una nueva serie de problemas. Einstein la formuló de
tal modo que suponía un universo cerrado. Pero se demostró entonces,
matemáticamente, que el tamaño de un universo
cerrado no puede ser estable; tiene que expandirse o contraerse.
Y de hecho, en 1924, Edwin P. Hubble (1889-1953) observó que
la luz de las constelaciones distantes aumenta su longitud
de onda de un modo que queda naturalmente explicado con la
presunción de que todas las constelaciones se están
alejando las unas de las otras. Quedó así abierto
todo un nuevo campo de la cosmología.
No fue la teoría de la relatividad general de Einstein
una simple ampliación de las leyes de Newton para ajustarías
de modo que abarcaran un campo mayor de fenómenos. Fue
un modo completamente nuevo de contemplar los fenómenos.
Arrojó por la borda la idea de una fuerza de gravitación
y de hecho toda la noción de fuerza. En lugar de esto,
consideró la acción recíproca de los cuerpos
y de la luz puramente como un efecto geométrico, causado
por irregularidades geométricas en un cuatridimensional
espacio-tiempo.
No había, pues, ningún lazo intelectual entre
el mecanismo que Newton concibió como impulsando a los
planetas y el nuevo mecanismo concebido por Einstein.1" Sin
embargo, las predicciones que ambos ofrecieron, por ejemplo
para la órbita de la Tierra, fueron casi siempre indistinguibles.
Las leyes de la naturaleza, según las veía el
siglo xx, podían, pues, ser concebidas en formas que
son filosóficamente muy diferentes y que pueden, sin
embargo, ofrecer casi las mismas predicciones. La elección
que un científico teórico puede hacer entre posibles
formas de ley no es en modo alguno, por consiguiente, inevitable.
El orden particular que halla en la naturaleza es en algunos
aspectos una proyección de su mente.
En este siglo se han encontrado muchas conexiones entre los
diferentes fenómenos de la naturaleza. Albert Einstein,
que siempre anduvo en pos de nuevas ideas unificadoras, mostró cómo
enlazar el tiempo con el espacio, la masa con la energía
y la gravitación con la estructura espacial. Al final
de su vida todavía estaba trabajando en una teoría
del campo unificado, destinada a hallar un enlace entre la
gravitación y la electricidad.
J. J. Thomson, Ernest Rutherford y Niels Bohr elaboraron un
modelo de átomo que juntó una masa de diversos
fenómenos, desde la electricidad hasta la química.
En 1932, James Chadwick mostró que otros fenómenos
atómicos podrían ser incluidos en el mismo orden
si se postulara la existencia de una pesada partícula
fundamental sin carga eléctrica, el neutrón.
Una vez más, un nuevo concepto unificó y dio
sentido a los variados y dispersos fenómenos de la naturaleza.
Conceptos tan profundos llegaron a ser reconocidos como productos
de la mente científica. En el pensamiento del siglo
XX el científico podía ser visto más restringido
en su libertad que el poeta o el pintor y más ligado
a los hechos a los que su capacidad de creación tenía
que conformarse. Pero estas restricciones no afectan a la esencia
y el carácter del proceso imaginativo.

Ernest Rutherford, quien elaboró, en colaboración
con J. J. Thomson y Niels Bohr, un modelo de átomo que
juntó una masa de diversos fenómenos, desde la
electricidad hasta la química. Foto Agencia AGE.
La relatividad, la teoría de la estructura atómica,
el concepto de lo inconsciente y las leyes mendelianas de la
herencia fueron vistos como obras de la imaginación.
Fueron triunfos de la mente humana porque hallaron o crearon
orden donde había habido una apariencia de desorden,
advirtieron en las operaciones de la naturaleza ciertas notables
tendencias e impusieron una unidad intelectual a la masa inanimada
de los fenómenos (véase la nota adicional 9 de
final de capítulo).
Fuente: Historia
de la Humanidad, Unesco, Vol Siglo XX